Guía completa

No todo lo que suena a turbo es el turbo

Cuando un coche pierde fuerza, el turbo es el primer sospechoso. Pero en nuestra experiencia, muchas de las “averías de turbo” que entran por la puerta son otra cosa: un manguito de presión rajado, una abrazadera suelta, una válvula de control que no actúa o un sensor que mide mal.

Por eso empezamos por lo barato: probamos el coche, comparamos la presión pedida con la conseguida y revisamos todo el circuito entre el turbo y el motor.

Calor y aceite, la pareja delicada

El eje del turbo gira a velocidades altísimas y se apoya en una película de aceite. Si el aceite está degradado, es de una especificación incorrecta o llega con poco caudal porque el tubo de engrase se ha ido cerrando con carbonilla, los cojinetes sufren.

En Córdoba hay un factor añadido: el calor. Un turbo que trabaja fuerte subiendo hacia la sierra o tirando de un coche cargado por la autovía en pleno verano alcanza temperaturas muy altas. Si al llegar se apaga el motor de golpe, el aceite que queda dentro se cuece y deja residuos. Repetido muchas veces, acaba con el turbo.

Geometría variable

Muchos diésel llevan turbos de geometría variable, con unas aletas móviles que ajustan el flujo de gases. Con uso de ciudad se llenan de hollín y se agarrotan. El síntoma es que el coche va bien a bajas vueltas y se queda sin fuerza arriba, o al revés. A veces una limpieza devuelve el funcionamiento sin cambiar el turbo.

Si hay que cambiarlo

Cuando el turbo tiene holgura en el eje o pierde aceite, se cambia. Y con él se cambian el tubo de engrase y las juntas, se revisa el intercooler por si tiene aceite acumulado y se cambia el aceite del motor. Montar un turbo nuevo sin resolver lo que mató al anterior es comprar el siguiente.

Si notas silbidos, humo o pérdida de empuje, escríbenos por WhatsApp con el modelo y el motor.